viernes, 2 de noviembre de 2007

IN MEMORIAM


Es noviembre en el corazón del Realejo.

Algún tañido lejano anuncia el mes de las ausencias. Hay días que se han caído del calendario, que no serán más porque señalan un recuerdo demasiado doloroso. A no ser…

Es noviembre en las azoteas, en los tejados vencidos por la nostalgia de tiempos mejores. Un niño desgrana las últimas promesas de un solecillo tibio cerca de la plaza de Santo Domingo. Esa misma noche se encenderán las lamparitas en las ventanas como por ensalmo. Para que no se nos pierdan en las tinieblas, le dijo su madre.

Un viento helado silbará por las callejas en las que no ha dejado de oler a rosas ni siquiera ahora. Y a cera. Es noviembre en el corazón del Realejo. Y sin embargo…

Las imágenes se cubren de lutos austeros. Y es por ellos. Y por nosotros. No valen coronas ni cetros, no valen joyas ni oropeles: todos somos iguales cuando llega noviembre.

El niño se aleja de la plaza. En una calle cualquiera, en el corazón del Realejo, vislumbra el balcón entreabierto y la luz encendida. Madre. Una sensación familiar reanima sus miembros entumecidos por el frío.

El tañido parece perderse a lo lejos. Es noviembre en el corazón del Realejo. Y sin embargo… En el cielo, encima de las espadañas de algún viejo convento, algo como una luz tibia promete vida, sueños.

Huele a romero y a leña. Tal vez un niño está al nacer en un portal del Realejo. Los ángeles de las Vistillas sonríen a escondidas y el dominico de piedra ordena silencio.

El niño sueña en su cama con lunas de azahar y filas de nazarenos. Aunque siga siendo noviembre en el corazón del Realejo.



Juan Antonio Barros Jódar